El «Día del Día»

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Calendario repleto de días mundiales y efemérides

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Hay algo que me tiene desconcertado.

Cada mañana descubro que ese día debo concienciarme de algo nuevo. Unas veces es una enfermedad. Otras, una causa social. Hasta ahí, perfecto.

De repente, el calendario me informa de que «hoy» también es el «Día internacional de hablar como un Pirata», otro el «Día del calcetín perdido», más allá el de «comer helado en el desayuno» y, en algún rincón del año, alguien ha decidido que es imprescindible celebrar el «Día de pasear las plantas». No me los invento, son reales, consulta, ya verás… Y eso es precisamente lo preocupante.

Hubo un tiempo en que un «Día Mundial o Internacional» significaba algo. Era una forma de detener el ruido durante veinticuatro horas para mirar donde casi nadie miraba. El cáncer. El Alzheimer. La donación de sangre. Las enfermedades raras. La no violencia. La discapacidad. Aquellas jornadas no pretendían celebrar nada; pretendían recordarnos que había problemas demasiado importantes como para dejarlos en un segundo plano. Funcionaban porque eran excepcionales. Ahora son rutina.

No sé quién fue el primero que pensó que todo merecía una efeméride. Lo que sí sé es que el invento ha tenido un éxito extraordinario. Hoy cualquiera puede aspirar a tener su día. Basta con una causa, una asociación, un gabinete de comunicación, un logotipo razonable y un hashtag con vocación de tendencia. Y así hemos construido un calendario en el que una campaña para fomentar la donación de órganos comparte escaparate con el «Día de comer galletas encima del teclado». Que sí, que existe y supongo que el teclado también tiene sus derechos… ¿o no?

El problema no es que existan estos días pintorescos. El problema es que hemos dejado de distinguir entre lo trascendente y lo anecdótico. Nos hemos acostumbrado a que todo reclame parecida solemnidad y liturgia, el mismo comunicado institucional, el mismo lazo de color, la misma publicación en redes sociales y la misma fotografía corporativa con gesto de compromiso. Confieso mi admiración por quien consiguió que un calcetín perdido tuviera mejor departamento de comunicación que algunas enfermedades raras.

Todo es urgente. Todo es importante. Todo merece un Día Mundial. Y cuando todo es importante, ya sabemos lo que ocurre. Nada termina siéndolo. Hay una ley económica que explica que cuando una moneda se fabrica sin medida acaba perdiendo valor. Depreciación se llama. Con los símbolos sucede exactamente igual. Cuanto más los multiplicamos, menos significan. No porque las causas pierdan importancia, sino porque nuestra atención tiene un límite y el calendario no deja de gritar.

Quizá el error no ha sido crear demasiados días. Quizá el error ha sido olvidar que las causas importantes no necesitan compartir escenario con las ocurrencias para hacerse visibles. No tengo nada contra los piratas, los calcetines perdidos, ni siquiera contra quien desayuna helado. Tengo algo contra la idea de que todo merece exactamente la misma ceremonia. Porque no es verdad. Y cuanto antes nos atrevamos a decirlo, mejor, aunque me temo que ya llegamos tarde.

A este paso, cualquier mañana abriremos el calendario y leeremos:

«Hoy se celebra el Día Mundial del Día». Y lo peor no será que exista. Lo peor será que ya no nos sorprenderá.

Francisco J. García Pascual