Los iluminados por el eclipse

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El eclipse total de Sol del 12 de agosto ha convocado, además de astrónomos, curiosos y simples seres humanos dispuestos a dejarse asombrar, a una pintoresca legión de iluminados. Son quienes, ante un fenómeno que no se veía en la Península desde hacía más de un siglo, levantan una ceja y dicen: «Yo no».

Conviene establecer, antes de continuar, una diferencia fundamental. Respeto absolutamente a quien decidió no ver el eclipse. Por falta de interés, por no desplazarse, por no soportar las aglomeraciones, por cansancio, por pereza o por el motivo que le diera la gana. Incluso entiendo a quienes acabaron hastiados por la sobreactuación de las autoridades —insoportable casi siempre— y por la absurda avalancha de infoxicación desplegada por buena parte de los medios, con algunas excepciones razonables. Quien decidió no verlo ejerció una opción personal tan respetable como cualquier otra.

Lo que no me produce ningún respeto -ninguno- es que quien renunció a la experiencia se convierta después en juez moral de quienes sí la vivimos. Primero se pierde un acontecimiento irrepetible y luego pretende pontificar sobre su valor. No estuvo allí, no vio cómo cambiaba la luz, no sintió el descenso de la temperatura, no contempló el horizonte y no experimentó ese instante de extrañeza difícil de explicar. Pero tiene una opinión concluyente. La ignorancia, cuando se acompaña de suficiente autoestima, adquiere enseguida aspecto de doctrina. Y algunos, a juzgar por la seguridad con la que pontifican, deben de considerarse ya sumos sacerdotes.

Nunca falla. Cuando millones de personas muestran interés por algo, ellos sienten la imperiosa necesidad de colocarse enfrente. Confunden el criterio propio con llevar la contraria y la independencia intelectual con adoptar siempre la posición menos concurrida. Si la multitud mira al cielo, ellos miran al suelo. Y no porque hayan descubierto allí algo fascinante, sino porque necesitan que alguien repare en que no están mirando donde mira todo el mundo. Esa es su pequeña proeza.

Un profesor al que admiro (perdón, admiraba) publicó una fotografía de un rebaño de ovejas con gafas para observar el eclipse. La sutileza del mensaje era apabullante: quienes esperábamos con emoción el fenómeno éramos borregos. Él, naturalmente, quedaba fuera del rebaño. Siempre resulta enternecedor comprobar que quien publica la misma ocurrencia que otros miles de supuestos espíritus libres se considere un ejemplar irrepetible de pensamiento independiente. Los rebeldes de catálogo suelen parecerse muchísimo entre sí.

Otro señor, en un vídeo difundido por la cuenta de Instagram de ABC, declaró que le impresionaba más salir al monte a cazar conejos que presenciar un eclipse total. Nada que objetar a los conejos, desde luego. Tampoco a la caza, al monte ni al derecho de cada cual a emocionarse con lo que buenamente pueda. Hay personas conmovidas por una sinfonía y otras a las que les cambia la vida una croqueta. La naturaleza humana es amplia y los umbrales de asombro, desiguales. Los gustos residen en muchas partes del cuerpo también, y algunos parecen tenerlos instalados justo al final de la espalda.

Lo llamativo de todo esto es sentir la necesidad de presentar esa preferencia como prueba de lucidez superior. Como si el eclipse fuera una campaña publicitaria, la alineación del Sol, la Luna y la Tierra una moda pasajera y el universo hubiera organizado semejante mecanismo celeste para entretener a turistas con gafas de cartón. Hay que poseer una autoestima considerable para considerar sobrevalorado al sistema solar. Y una inteligencia bastante más discutible para hacerlo público.

He tenido la oportunidad y el placer de viajar mucho, y por numerosos países del mundo, y la fortuna de presenciar algunos de los grandes espectáculos de la naturaleza. He visto el cruce del río Mara, con miles de animales enfrentándose al agua, al miedo y a la muerte. He contemplado la explosión de vida de las islas Galápagos, uno de esos lugares donde el ser humano comprende, si presta atención, que su importancia en el mundo es bastante más modesta de lo que acostumbra a imaginar. Y he sentido el roce del dedo y la profunda mirada directa de un joven gorila en un bosque salvaje de Uganda. Apenas un contacto, un instante mínimo, pero suficiente para atravesar de golpe todas las barreras que solemos levantar entre nosotros y el resto de la vida. Hay experiencias que duran unos segundos y permanecen para siempre. El eclipse del 12 de agosto pertenece a esa misma categoría. Estará, sin ninguna duda, entre las experiencias naturales más impresionantes de mi vida. Imborrable, sobrecogedor, arrollador. No necesito afirmar que fue la más importante ni ordenar mis recuerdos como si fueran una clasificación deportiva. Me basta con saber que ocurrió, que estuve allí y que algo de aquel momento permanecerá conmigo.

No porque lo anunciara la televisión. No porque se agotaran los alojamientos. No porque mucha gente comprara gafas ni porque las carreteras se llenaran. Precisamente, al contrario: millones de personas se interesaron por él porque era extraordinario. El orden de los factores importa. La masa no convirtió el eclipse en un gran acontecimiento; el gran acontecimiento convocó a la masa. Pero esta distinción elemental parece escapar a nuestros iluminados.

La inteligencia no consiste en rechazar aquello que entusiasma a muchos. Consiste en averiguar por qué entusiasma, valorarlo y decidir después. A veces la multitud se equivoca, por supuesto. También acierta. Y cuando acierta, llevarle la contraria no te convierte en Galileo: te convierte simplemente en alguien que se ha perdido algo por mantener la pose.

Separar el grano de la paja exige criterio. Despreciarlo todo porque es popular solo exige pereza y un cierto engreimiento.

El problema de algunos no es que carezcan de sensibilidad. Es que han construido tantas barreras mentales que ya no pueden acercarse a nada sin someterlo previamente al control de aduanas de su propia superioridad. Todo debe atravesar el filtro de la sospecha, del desdén y de la crítica preventiva. Y cuando la realidad consigue traspasarlo, llega tan desfigurada que ya no queda nada que contemplar.

Esa actitud puede parecer inteligencia, pero con frecuencia es solo incapacidad para entregarse a una experiencia sin sentirse ingenuo. Como si emocionarse fuera una derrota. Como si maravillarse implicara abdicar del pensamiento. Como si la sensibilidad y el criterio fueran incompatibles.

Existe una vulgaridad evidente, ruidosa y multitudinaria. Pero hay otra bastante más cómica: la vulgaridad de quien necesita sentirse excepcional a toda costa. La de quien se coloca deliberadamente de espaldas a lo admirable para que los demás reparen en su espalda. La de quien, ante un eclipse total, no contempla la desaparición del Sol, el cambio de la luz, el descenso de la temperatura, el silencio extraño de los animales o esa brevísima alteración del orden cotidiano del mundo. Está demasiado ocupado contemplándose a sí mismo.

Quizá por eso algunos no entendieron el eclipse. Para percibir su grandeza había que aceptar durante unos minutos que el protagonista era otro.

El 12 de agosto, cuando la Luna cubrió el Sol y el paisaje adquirió una luz imposible, millones de personas levantamos la vista. No todos sentimos exactamente lo mismo, pero muchos experimentamos esa mezcla de belleza, inquietud y pequeñez que solo provocan los grandes fenómenos naturales.

Mientras tanto, nuestros iluminados continuaron ejerciendo su heroica resistencia. Uno miraría a su ilustración de ovejas con gafas. Otro pensaría en sus conejos. Todos se felicitarían por no haberse dejado arrastrar por la masa.

Y allí quedaron los “iluminados” por el eclipse: orgullosamente solos, intelectualmente invictos y perfectamente a salvo de cualquier emoción que no hubieran aprobado previamente.

Francisco J. García Pascual